EL ÁRBOL DE LA VIDA
Un día, en un perdido bosque donde todavía no conocían al hombre, la vida sé habría camino, brotando un pequeño árbol al pie de sus ancestros. El diminuto árbol, como todavía no se había enfrentado a ningún peligro, era inconsciente de las amenazas que le acechaban, tales como el hombre o el fuego, sintiéndose seguro al amparo de los árboles centenarios que lo rodeaban.
La vida iba pasando en aquel apartado bosque y el pequeño árbol fue conociendo las estaciones, la lluvia, el calor, el viento, la pérdida de las hojas con el otoño, etc. Su única preocupación por aquel entonces se centraba en crecer y seguir el camino que le marcaban los rayos de luz que se filtraban en el interior del tupido bosque, en un deseo de salir de la oscuridad y buscar una mayor densidad de luz.
El tiempo fue pasando y el árbol crecía y crecía, llegando a sobrepasar los tres metros de altura. Ese día, el cielo estaba muy cubierto, el sol apenas filtraba sus rayos entre las nubes, y el viento y la lluvia sé cernían de una manera amenazadora sobre el bosque, soplando rachas de viento inusualmente fuertes, y silbando estas de tal manera que hacían llegar su presencia a todos los rincones del bosque. La presión del viento se hizo insoportable para algunos de los árboles centenarios que vieron tronzadas sus ramas, resquebrajados sus troncos, o incluso en el peor de los casos fueron tumbados desde sus raíces.
Sin embargo, nuestro joven árbol aunque preocupado con lo que pasaba a su alrededor, se dejó llevar por el viento oscilando sobre su base, entablando una danza que si no fuera por el daño que estaba causando a su alrededor, incluso le parecía emocionante y entretenida. Así pasaron las varias horas, en las que un pequeño árbol supo adaptarse a las adversas condiciones meteorológicas, convertiendo el suplicio de aquellos rígidos árboles en un juego con su enemigo, un juego en el cual su flexibilidad le otorgaba unas ciertas garantías de salir indemne del vendaval. Pero aún en el caso de que el viento decidiese arreciar más y acabara con él, o de que uno de los rígidos árboles lo arrastrara con él en su caída, eran factores que el no podía controlar, así que no se preocupó y siguió danzando con el viento.
El viento, aunque plenamente consciente de su enorme poder destructor, se fijó en el pequeño arbolito, que danzando despreocupado desafiaba su poder abstrayéndole de la rutina de tumbar viejos árboles centenarios, y como premio a su valentía decidió retirarse poco a poco y dejar que el bosque siguiera con su rutina.
El devenir de las estaciones, hizo que un día, casi sin darse cuenta, el pequeño arbolito, perdiera él “–ITO” convirtiéndose en un rígido y robusto árbol. Sur ramas ya se abrían paso entre las ramas de sus antepasados reclamando su derecho a recibir el sol directamente en sus hojas y ramas. Y ese día fue uno de los más felices de su vida, aunque su alegría poco le duró, ya que al día siguiente la noche se cernió mucho antes de lo que acostumbraba sobre el bosque, la lluvia empezó a descargar con fuerza, y aquel fuerte viento con el que había jugado durante su juventud se presentó de nuevo para ponerle a prueba.
Entonces, el árbol se dio cuenta que desde su nueva posición, la oscuridad, la lluvia y el viento hacían notar más su presencia, invadiendole de repente un gran miedo. Miedo a perder su posición, a sucumbir fruto de su rigidez, a no volver a ver el sol, a perder todo lo que había tardado tantos años en conseguir. Pero aquel día tuvo suerte y el viento fue benévolo, retirándose pronto tras tronzar sólo sus más rígidas ramas.
Los meses siguientes el árbol se sumió en una profunda reflexión. El paso del tiempo lo había vuelto rígido y ahora sentía un miedo que nunca antes había sentido. Era un miedo, que se mezclaba con envidia, una envidia a la juventud perdida, a la flexibilidad de antaño y un miedo pavoroso a que los demás árboles elevaran sus ramas por encima de las suyas, desplazándolo de su posición actual.
Su reflexión duró cerca de diez años. Un pequeño instante para un bosque.
El paso del tiempo le hizo perder parte del miedo a los temporales y a las fuertes rachas de viento, ya que siempre acababa saliendo bien parado, así nuestro árbol solo se centraba en fortalecer sus ramas y elevarlas hacia lo más alto del bosque. Y fue solo un instante lo que sopló el viento, y no fue más fuerte que otras veces, pero esta vez vino directamente a por él, sin previo aviso, arrancándolo de cuajo, sin tiempo a darse cuenta de lo que estaba pasando. Y durante el instante que duró su caída, pudo contemplar como los árboles más pequeños jugaban con el viento, preguntándose entonces cómo se había vuelto tan rígido, consciente de que su viejo compañero el viento volvería a visitarle periódicamente.
Un fuerte estrépito fue lo último que oyó, y en todo el bosque sintieron la sacudida, que indicaba su fallecimiento. Todos sintieron pena por el viejo árbol, pero pronto otros árboles ocuparon con sus rígidas ramas el lugar que éste ocupo antaño, alegrándose no de que el viejo árbol muriera, sino de que éste les hubiera dejado sitio para desplegar sus ramas que durante años habían intentado en vano ganar mas luz, fracasando siempre en el intento al chocar con las rígidas ramas del viejo árbol.
“La mayor parte de los humanos crecemos como los árboles, nacemos y crecemos flexibles, hasta que llega un momento que nos volvemos rígidos encerrándonos en nosotros mismos. Sin pararnos a ver que otro mundo diferente crece a nuestros pies. Y es esta rigidez la que conduce a la ruptura con éste nuevo mundo, olvidándonos de la flexibilidad con la que crecimos cuando buscábamos una luz que nos guiara en un mundo en el que empezábamos a despertar. Una luz a veces utópica, pero en definitiva una luz que es el motor de nuestras vidas, y que una vez alcanzada, pone en peligro toda la estructura flexible que nos hizo posible llegar a ella, corriendo el peligro de querer conservarla prisionera en nuestro interior, sin compartir ni un rayo de luz con los que en su natural proceso de crecimiento ansían alcanzarla.
La vida iba pasando en aquel apartado bosque y el pequeño árbol fue conociendo las estaciones, la lluvia, el calor, el viento, la pérdida de las hojas con el otoño, etc. Su única preocupación por aquel entonces se centraba en crecer y seguir el camino que le marcaban los rayos de luz que se filtraban en el interior del tupido bosque, en un deseo de salir de la oscuridad y buscar una mayor densidad de luz.
El tiempo fue pasando y el árbol crecía y crecía, llegando a sobrepasar los tres metros de altura. Ese día, el cielo estaba muy cubierto, el sol apenas filtraba sus rayos entre las nubes, y el viento y la lluvia sé cernían de una manera amenazadora sobre el bosque, soplando rachas de viento inusualmente fuertes, y silbando estas de tal manera que hacían llegar su presencia a todos los rincones del bosque. La presión del viento se hizo insoportable para algunos de los árboles centenarios que vieron tronzadas sus ramas, resquebrajados sus troncos, o incluso en el peor de los casos fueron tumbados desde sus raíces.
Sin embargo, nuestro joven árbol aunque preocupado con lo que pasaba a su alrededor, se dejó llevar por el viento oscilando sobre su base, entablando una danza que si no fuera por el daño que estaba causando a su alrededor, incluso le parecía emocionante y entretenida. Así pasaron las varias horas, en las que un pequeño árbol supo adaptarse a las adversas condiciones meteorológicas, convertiendo el suplicio de aquellos rígidos árboles en un juego con su enemigo, un juego en el cual su flexibilidad le otorgaba unas ciertas garantías de salir indemne del vendaval. Pero aún en el caso de que el viento decidiese arreciar más y acabara con él, o de que uno de los rígidos árboles lo arrastrara con él en su caída, eran factores que el no podía controlar, así que no se preocupó y siguió danzando con el viento.
El viento, aunque plenamente consciente de su enorme poder destructor, se fijó en el pequeño arbolito, que danzando despreocupado desafiaba su poder abstrayéndole de la rutina de tumbar viejos árboles centenarios, y como premio a su valentía decidió retirarse poco a poco y dejar que el bosque siguiera con su rutina.
El devenir de las estaciones, hizo que un día, casi sin darse cuenta, el pequeño arbolito, perdiera él “–ITO” convirtiéndose en un rígido y robusto árbol. Sur ramas ya se abrían paso entre las ramas de sus antepasados reclamando su derecho a recibir el sol directamente en sus hojas y ramas. Y ese día fue uno de los más felices de su vida, aunque su alegría poco le duró, ya que al día siguiente la noche se cernió mucho antes de lo que acostumbraba sobre el bosque, la lluvia empezó a descargar con fuerza, y aquel fuerte viento con el que había jugado durante su juventud se presentó de nuevo para ponerle a prueba.
Entonces, el árbol se dio cuenta que desde su nueva posición, la oscuridad, la lluvia y el viento hacían notar más su presencia, invadiendole de repente un gran miedo. Miedo a perder su posición, a sucumbir fruto de su rigidez, a no volver a ver el sol, a perder todo lo que había tardado tantos años en conseguir. Pero aquel día tuvo suerte y el viento fue benévolo, retirándose pronto tras tronzar sólo sus más rígidas ramas.
Los meses siguientes el árbol se sumió en una profunda reflexión. El paso del tiempo lo había vuelto rígido y ahora sentía un miedo que nunca antes había sentido. Era un miedo, que se mezclaba con envidia, una envidia a la juventud perdida, a la flexibilidad de antaño y un miedo pavoroso a que los demás árboles elevaran sus ramas por encima de las suyas, desplazándolo de su posición actual.
Su reflexión duró cerca de diez años. Un pequeño instante para un bosque.
El paso del tiempo le hizo perder parte del miedo a los temporales y a las fuertes rachas de viento, ya que siempre acababa saliendo bien parado, así nuestro árbol solo se centraba en fortalecer sus ramas y elevarlas hacia lo más alto del bosque. Y fue solo un instante lo que sopló el viento, y no fue más fuerte que otras veces, pero esta vez vino directamente a por él, sin previo aviso, arrancándolo de cuajo, sin tiempo a darse cuenta de lo que estaba pasando. Y durante el instante que duró su caída, pudo contemplar como los árboles más pequeños jugaban con el viento, preguntándose entonces cómo se había vuelto tan rígido, consciente de que su viejo compañero el viento volvería a visitarle periódicamente.
Un fuerte estrépito fue lo último que oyó, y en todo el bosque sintieron la sacudida, que indicaba su fallecimiento. Todos sintieron pena por el viejo árbol, pero pronto otros árboles ocuparon con sus rígidas ramas el lugar que éste ocupo antaño, alegrándose no de que el viejo árbol muriera, sino de que éste les hubiera dejado sitio para desplegar sus ramas que durante años habían intentado en vano ganar mas luz, fracasando siempre en el intento al chocar con las rígidas ramas del viejo árbol.
“La mayor parte de los humanos crecemos como los árboles, nacemos y crecemos flexibles, hasta que llega un momento que nos volvemos rígidos encerrándonos en nosotros mismos. Sin pararnos a ver que otro mundo diferente crece a nuestros pies. Y es esta rigidez la que conduce a la ruptura con éste nuevo mundo, olvidándonos de la flexibilidad con la que crecimos cuando buscábamos una luz que nos guiara en un mundo en el que empezábamos a despertar. Una luz a veces utópica, pero en definitiva una luz que es el motor de nuestras vidas, y que una vez alcanzada, pone en peligro toda la estructura flexible que nos hizo posible llegar a ella, corriendo el peligro de querer conservarla prisionera en nuestro interior, sin compartir ni un rayo de luz con los que en su natural proceso de crecimiento ansían alcanzarla.

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